Hay una idea que me acompaña desde hace unos días y que nació de una forma muy sencilla. Todo empezó con el reto del neceser de verano. Os pedí que me enseñaseis vuestro neceser pensando que hablaríamos de maquillaje, de productos y de rutinas. Sin embargo, mientras iba viendo vuestras fotos y leyendo vuestros mensajes, me di cuenta de que en realidad estaba viendo algo mucho más profundo.

Detrás de cada neceser había una historia.

Había mujeres que seguían utilizando los mismos productos de hacía diez años porque nunca se habían parado a pensar si seguían siendo adecuados para ellas. Otras habían ido acumulando cosméticos con la esperanza de encontrar el producto perfecto. También había quien apenas tenía cuatro cosas porque hacía mucho tiempo que había dejado de regalarse esos diez minutos delante del espejo.

Y entonces entendí que el neceser era solo una excusa.

La vida está llena de cambios. Cambian las estaciones, cambia nuestra piel, cambian nuestras prioridades y cambia la forma en la que nos relacionamos con nosotras mismas. Hay etapas que llegan despacio y otras que irrumpen sin avisar. La adolescencia, la maternidad, un cambio de trabajo, un divorcio, la perimenopausia, la menopausia… Todas ellas tienen algo en común: nos obligan a volver a preguntarnos quiénes somos ahora.

Quizá por eso me gusta tanto pensar en las estaciones del año. Nadie espera utilizar la misma ropa en enero que en agosto. Nos parece lógico adaptar el armario al clima. Sin embargo, nos cuesta muchísimo aceptar que también necesitamos adaptar nuestros hábitos, nuestra imagen o nuestra forma de cuidarnos a la etapa que estamos viviendo.

Seguimos intentando ser la mujer que fuimos hace diez años, cuando probablemente ya no somos esa persona. Y no pasa nada.

No deberíamos vivirlo como una pérdida, sino como una evolución.

Después de más de veinte años maquillando a mujeres, hay algo que tengo cada vez más claro. El maquillaje nunca ha sido el verdadero protagonista de mi trabajo. Si lo pienso bien, casi diría que ha sido la excusa perfecta para hablar de otras muchas cosas.

He visto mujeres que venían a maquillarse para una boda y en realidad necesitaban recuperar la ilusión. Otras que se sentaban frente al espejo después de un divorcio, de una enfermedad o de una etapa especialmente difícil y, mientras elegíamos un labial o corregíamos unas ojeras, lo que de verdad estaban haciendo era volver a mirarse con un poco más de cariño.

Con el tiempo he entendido que mi trabajo nunca ha consistido únicamente en enseñar a maquillarse.

Mi trabajo consiste en acompañar.

En ayudar a que una mujer se reconozca en el momento vital en el que está hoy, no en el que estuvo hace años.

Por eso creo que el maquillaje es una herramienta maravillosa, pero solo eso: una herramienta. Igual que para otra mujer puede ser escribir, caminar, pintar, hacer ejercicio o cuidar un jardín. Lo importante nunca es la herramienta. Lo importante es encontrar aquello que nos ayuda a volver a nosotras mismas cuando sentimos que nos hemos perdido un poco por el camino.

Quizá por eso este reto del neceser me está gustando tanto. Porque no estamos hablando solo de maquillaje. Estamos hablando de simplificar, de quedarnos con lo que realmente necesitamos y de dejar atrás todo aquello que ya no nos representa.

En el fondo, un neceser también habla de la mujer que somos.

Y quizá la pregunta no sea qué productos deberían estar dentro, sino si ese neceser refleja a la mujer que eres hoy o a la que fuiste hace unos años.

Me gusta pensar que todas necesitamos una brújula de vez en cuando. Algo que nos ayude a orientarnos cuando la vida cambia de estación.

Para mí, el maquillaje fue de esas brújulas.

Tal vez para ti sea otra cosa.

Y está bien.

Porque al final nunca se trató del maquillaje.

Siempre se trató de encontrar el camino de vuelta hacia una misma.

❤️ Brenda

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